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Friday, January 4, 2013

Propósitos de año nuevo y la vuelta de la musa pródiga

Digo de año nuevo por ser lo tradicional en estas fechas, aunque es algo que llevaba pensando desde la vuelva del verano. En este año que empieza mi propósito es dedicarle algo más de tiempo a este blog, que en 2012 dejé un poco descuidado. Eso no significa que vaya a publicar más a menudo, sino que intentaré trabajar un poco más los contenidos. Voy a dejar de lado las entradas dedicadas a fotografía o ilustración para centrarme en mis propios textos, junto con los cuentos o leyendas que me hayan gustado especialmente.

Como sé que el reto es difícil, aprovecho para formalizar algo que ya ocurría en la práctica. Hace un año os contaba que había empezado un blog dedicado a la historia, una de mis grandes aficiones. Me lo he pasado muy bien escribiéndolo, pero ha supuesto bastante más trabajo del planeado, hasta el punto en que no me veía capaz de seguir con los dos blogs. Durante un tiempo estuve dudando con cuál de los dos quedarme, pero entonces irrumpieron por aquí Loki y Baldr y acabaron decidiendo ellos por mí.

Eso no quiere decir que renuncie a escribir más entradas de historia, sino que volverán a ser parte de este blog (en breve aparecerá una pestaña de Historia en la cabecera). Para empezar he añadido a los archivos todas las entradas que publiqué en Un café con Clío, en la fecha en que se publicaron originalmente. A continuación os dejo una lista en el orden en que fueron apareciendo por si queréis echarle un vistazo (hay algunas de las que me siento bastante orgulloso).

Aprovecho para desearos un feliz año y espero veros por aquí e ir mejorando con vuestros comentarios. Nos vemos pronto.

  • Celestino V, el Papa que renunció
    De entre la larga lista de nombres que han ocupado la silla de San Pedro, uno de los que cuenta con una historia más curiosa es Celestino V. Ocupó el cargo durante sólo cinco meses en el año 1296 y ha sido uno de los pocos (hay quien dice que el único) papas en renunciar a su puesto por propia voluntad; un puesto al que nunca aspiró y que no hizo mas que traerle desgracias.
  • Con la deuda no se juega: Egipto 1882
    Una historia en la que el responsable de hundir la economía deja su cargo, y no solo sale indemne sino que además se lleva una buena indemnización, en que unos países acaban dictando la política de otro en nombre del déficit y en la que ciudadanos hartos de sufrir las consecuencias de una crisis de la que no son responsables protestan pidiendo más democracia. ¿La Europa de nuestro tiempo? No. Egipto a finales del siglo XIX. Para que luego digan que la historia no se repite.
  • Paraísos que surgieron del hambre 
    Algunos de los parques naturales africanos más conocidos (Serengueti, Masai Mara, Tsavo...) no son la imagen congelada de un pasado inalterado, sino el resultado de una serie de catástrofes que sacudieron a la población africana en el tránsito del siglo XIX al XX.
  • Una rendición con condiciones 
    Hay un proverbio que dice "soldado que huye sirve para otra guerra". Aunque claro, por muy superior que sea el enemigo al que uno se enfrenta, eso de rendirse no deja de tener un regustillo poco honorable que algunos intentan camuflar como pueden.
  • El papa que quiso ser hermoso
    Cada Papa escoge un nombre al ser elegido, aunque en ocasiones la primera opción no es siempre la mejor.
  • No fueron solo los elementos: el fracaso del Gran Designio de Inglaterra 
    El Gran Designio de Inglaterra era un plan de invasión que involucraba lo mejor del ejército de Felipe II junto con una gran armada, "la mayor y más poderosa combinación jamás reunida en la Cristiandad". Una jugada arriesgada que, de haber tenido éxito, habría cambiado de manera crítica el equilibro de poder en Europa.
  • Notas sobre la Gran Armada: las expediciones de Drake, el almirante que no quería serlo y por qué los ingleses disparaban más veces
    Cómo Isabel I suplía su escasa tesorería dando entrada a capital privado en sus expediciones; por qué Felipe II puso al mando de Gran Armada a alguien sin experiencia ni confianza en el éxito de la empresa; o por qué los artilleros españoles apenas podían responder la lluvia de proyectiles ingleses.
  • El gran asedio de Gibraltar 
    El 11 de julio de 1779 comenzó el intento más importante por parte de España para recuperar Gibraltar, con un asedio que habría de prolongarse durante tres años y medio. Tres años en los que se sucedieron actitudes heroicas y vergonzosas, episodios de valor y estupidez hasta llegar al asalto final en el que... Bueno, supongo que os hacéis una idea de como acabó, ¿no?
  • Puestos a elegir...
    Cómo murió el cacique taíno Hatuey, capturado por los castellanos en la conquista de Cuba.
  • Monopolio por la gracia de Dios
    El papa Alejandro VI (1431-1503) no dudó en amenazar de excomunión a quien comprase alumbre a los infieles... y no el de sus propias minas.

Monday, December 31, 2012

Nochevieja robot

La última noche del año es una celebración muy emotiva en casa de las familias robot. Aunque cada vez menos frecuente, siempre existe la posibilidad de que la actualización anual de firmware borre los archivos de memoria de alguno de sus miembros.

Tuesday, December 18, 2012

Los frailes "zombies"

No puedo resistirme a traeros este párrafo que he encontrado hacia el final de La conquista de México de Hugh Thomas. Trata sobre impresión que causaron los primeros frailes mendicantes que llegaron al país tras la conquista, a partir de 1523. 

"Los frailes impresionaron especialmente a los tarascos. Los asombraba que vistieran de modo tan diferente de los otros castellanos, y por un tiempo supusieron que eran muertos y que sus hábitos eran mortajas. Imaginaban que, al acostarse, de noche, se convertían en esqueletos, que descendían al otro mundo, donde encontraban a mujeres. También suponían que el agual bendita servía para adivinar el futuro."

Saturday, December 8, 2012

La ciudad de la desorganización y el mal gobierno

Escondidas entre las páginas más solemnes de la Historia a veces se encuentran anécdotas que nos muestran que tanto no hemos cambiado y que, al fin y al cabo, en todas partes cuecen habas. ¿O sería mejor decir en todo tiempo? Hoy os traigo de una de mis favoritas, que acaeció en Sevilla allá por el siglo XV. Aunque en los hechos principales me mantenga fiel a la historia, tal y como la conocí en Tradiciones y leyendas sevillanas de José María de Mena, me he permitido añadir diálogos y personajes para reforzar la parte bufa de un hecho ya de por sí poco serio.

Y si queréis leerla más tranquilamente en vuestro libro electrónico, aquí podréis encontrar una versión en epub y mobi.




Todo comienza con una fuga y un rumor: el prisionero había conseguido salir de la ciudad. Sus partidarios habían fingido un entierro, esquivado a los alguaciles de la Santa Hermandad que guardaban las puertas dentro del ataúd. Pero de ser así todavía era posible rastrearlo: la única salida para los cortejos fúnebres era la Puerta Osario, llamada así por ser de donde partía el camino hacia el cementerio.  Y desde que se recordaba en Puerta Osario había un escribano encargado de tomar nota de todo entierro que saliese de la ciudad, llevándose unas monedas en el proceso (¿o es que pensáis que las tasas son un invento tan reciente?). Bastaba comprobar los registros y ver que todos se correspondían con personas realmente fallecidas. Y si no era así ya se encargarían los de la Santa Hermandad de arreglar ese pequeño detalle. Después de hacerle confesar donde estaba su compinche, claro está.

En seguida partió un capitán de la Hermandad hacia el ayuntamiento a requerir el registro de los entierros.

—¿El qué?

—El registro de los entierros.

—¿De los entierros ha dicho?

—Sí, el registro de los entierros.

—Perdona, pero no entiendo...

—¡El del escribano que toma nota en la Puerta Osario, me cago en...!

—Vale, vale. ¿Están seguros de que eso es aquí?... Un momento, no hace falta ponerse así, voy a preguntar... ¡Illo! ¿Tú sabes algo de un registro de los entierros? ¡Sí, de los entierros! ¡El del escribano de Puerta Osario!... Mire, aquí no tenemos nada de eso, pero siendo cosa de cobros para mí que eso lo debe llevar el regidor de Arbitrios.

Así que fueron en busca del regidor, suponemos que entre quejas de "y para esto me he pasado yo la mañana haciendo cola" o sus equivalentes de la época.


—¿El escribano de la Puerta Osario? Sí, sí, sé cuál es, lleva allí toda la vida. Pero eso no es cosa nuestra... Sí, sí que es raro, siendo un tributo... A no ser que por estar en la muralla sea cosa del Alguacil Mayor, claro.
 
Resoplando, el capitán llevó a sus hombres en busca del alguacil.

—No, para nosotros no trabaja... Sí, ya sé que está en la muralla, pero también tienen ustedes guardias en la muralla y no es cosa mía lo que hagan, ¿no?... ¿Que en el ayuntamiento dicen que no saben nada? Pues lo único que se me ocurre es que sea cosa de la Iglesia, ¿han preguntado en el cabildo?

Y en el cabildo:

—¿Del ayuntamiento les han mandado? ¿Para el registro de los entierros?... Sí, sí, ya sé que hay un escribano en Puerta Osario, pero no sé eso qué tiene que ver con nosotros. Seguro. Lo mejor es que vuelvan ustedes al ayuntamiento y hablen directamente con... ¡Oiga, vigile su lenguaje que estamos en la casa del Señor!

Y otra vez en la calle con las manos vacías (y varias avemarías de penitencia).

—¿A dónde vamos ahora, jefe? ¿Volvemos al ayuntamiento?

—¡Al ayuntamiento mis cojones! Veniros tos pacá, que por mis muertos que esto lo arreglo yo hoy.

Y ganándose un lugar en el infierno a base de juramentos y blasfemias, llevó a su cuadrilla directos a la Puerta Osario. Antes de que el escribano fuera consciente de lo que le venía encima estaba recorriendo Sevilla en volandas, en medio de un ataque de nervios sin que nadie se dignara informarle por qué lo habían prendido o dónde lo llevaban. El capitán se limitaba a murmurar maldiciones mientras se abría paso a empujones por las callejuelas, y los soldados bastante tenían con mantener el paso de su jefe mientras cargaban con prisionero, al que este silencio no hacía más que aumentar su inquietud. Como era de familia musulmana, pensó que la única explicación era que la autoridad hubiera decidido librarse de los últimos moros que quedaban de Sevilla. Así que no se le ocurrió otra cosa que demostrar su apego a la fe cristiana rezando a voz en grito. Pronto se congregó tras la comitiva una multitud de niños y gente ociosa, atraídos por el espectáculo de una comitiva de la Hermandad llevando a lo que parecía un predicador loco. Algunos incluso se persignaban a su paso, preguntándose si no estarían ante algún tipo de celebración religiosa a la que tan aficionados eran en la ciudad.

Todo esto no hacía más que aumentar el enfado del capitán de la Hermandad. Enfado que creció aún más al cruzarse con un mensajero enviado a averiguar por qué se retrasaba tanto en lo que se suponía una tarea rutinaria. Cuando al fin se cerró tras de sí la puerta de la casa de la Hermandad no pudo evitar soltar un suspiro de alivio. Poco le duró.




—¡A buenas horas, Beltrán, ya pensaba que te habías fugado tú también!

El capitán bajó la cabeza sin atreverse a decir nada. El procurador nunca se había distinguido por su paciencia, y todo este asunto de la fuga no había hecho mucho para mejorar mal humor.

—¿Habéis encontrado algo?

—No señor.

—¿Y se puede saber en qué coño has echado el día entonces? ¿Dónde está la lista de los muertos?

—Pues verá, señor —si tenía que llegar, mejor que fuera cuanto antes—, no está.

—¿Cómo que no está? ¿Dónde la has dejado?

—No, señor, que no está, que no hay.

El procurador guardaba silencio mientras le miraba fijamente. Beltrán le había visto hacer eso muchas veces, estirar el silencio esperando que el interrogado se pusiera nervioso y empezase a hablar para llenar el vacío. Y, maldita sea, funcionaba.

—En el ayuntamiento dicen que no saben nada, que ellos no tienen a nadie puesto en la puerta, que eso era cosa del alguacil, que me ha dicho que él tampoco sabía nada, que fuera al cabildo, que debía ser cosa de la Iglesia. Pero allí me han dicho que ellos tampoco se encargaban, que lo suyo acababa después del sacramento.... Y he mandado dos hombres al cementerio a preguntar si el registro era cosa suya y me dicen que no tienen ni idea, que a lo mejor era cosa...

El procurador le interrumpió. Evidentemente había mandado al menos apropiado a realizar la misión. Inconscientemente empezó a girar el anillo de su mano izquierda, un tic que sus subordinados habían aprendido a temer. Se volvió hacia el hombrecito postrado de rodillas en el centro de la sala, que no había dejado de recitar el padre nuestro desde que el capitán lo había dejado allí.

—¿Y este?

—Es el escribano, señor. Como nadie sabía para quién trabajaba pensé que a lo mejor usted quería hablar con él, ya sabe, directamente.

El procurador asintió, en un gesto que el capitán interpretó, bastante generosamente, como de aprobación. Al menos había dejado de fijarse en él.

—A ver, tú, ¿cómo te llamas?

El pobre diablo se quedó mirando al procurador, interrumpido en medio de un "mas líbranos del mal".

—¡Responde! —le espetó el capitán.

El procurador le detuvo con un gesto antes de que pudiera abofetear al detenido. Al fin y al cabo, por lo que él sabía podía estar a sueldo de la Iglesia, y ya tenía bastantes problemas con el obispo como para que encima le acusase de golpear a uno de sus hombres. El capitán retrocedió con cierto disgusto. Realmente le hubiera venido bien soltar un par de buenas ostias para liberarse de la tensión del día.

—Alonso, señor —respondió el hombrecillo sin dejar de mirar de reojo al capitán.

—Bien, Alonso —dijo el procurador, impostando una voz amable, —aquí nuestro amigo Beltrán dice que no ha sido capaz de averiguar si tu oficio está a cargo del ayuntamiento o de la Iglesia. ¿Tú qué tienes que decir?

El pobre hombre sintió como se le abría el mundo bajo sus pies. El ayuntamiento y la Iglesia juntos a por él. Temblando de miedo soltó la respuesta habitual en estos casos:

—¡Es mentira, señor! ¡Se lo juro, todo mentira!

—Tranquilízate Alonso, aquí nadie te está acusando de nada, sólo queremos saber tu filiación.

El escribano le miró parpadeando, sin atreverse a responder. Seguro que eso de la filiación tenía truco. Vete tú a saber si no se trataba de algún rito herético.

—Lo que quiero es saber tu adscripción —silencio—. ¡Que con quién trabajas, coño! —le espetó mientras se preguntaba qué le podría haber hecho el bruto de Beltrán a aquel pobre hombre para que estuviera tan asustado.

—Trabajo solo, señor. Tomo nota y cobro yo solo, no hay nadie que me ayude. Yo espero que mi hijo pronto pueda...

El procurador miraba al escribano viendo como se desvanecían sus esperanzas de acabar bien un día que, por otra parte, ya había ido bastante mal. Sin ser consciente empezó a girar de nuevo su anillo, provocando miradas de preocupación en los soldados que estaban en la habitación. Volvió a intentarlo:

—Me refiero que quién te paga.

—Los familiares de los muertos, señor —respondió el escribano, como si fuera la cosa más evidente del mundo.

El capitán notó como el resto de los soldados se envaraban y quedaban totalmente rígidos. Si ese loco quería despertar la furia del procurador lo mejor era intentar pasar lo más desapercibido posible.

—Ya —el procurador soltó aire lentamente. Por un momento consideró olvidarse del fugado y hacerle pagar a ese imbécil el tiempo que le estaba haciendo perder. Probó a bajar a un nivel más básico—. Pero el dinero que te pagan, ¿a quién se lo das?

—A mi esposa, señor —respondió Alonso, sin tener muy claro el cariz que estaba tomando el interrogatorio, ni por qué aquel señor importante, que no dejaba de jugar con su anillo, metía a su esposa en el asunto.

—¿Todo?

—Sí, claro... —de repente el escribano puso los ojos en blanco. Maldita mujer, cómo se le había ocurrido denunciarle. Todo porque le había reñido por estar todo el día en casa de su hermana— ¡No, es verdad! ¡A veces le digo que hay poco trabajo y me gasto una parte en la taberna jugando a las cartas! ¡Pero yo no sabía que estaba mal, señor! ¡Por favor, no me corte la mano, la necesito para trabajar!

El procurador hizo un gesto y Beltrán corrió a interrumpir los grititos del escribano con una bofetada. En efecto, le había ayudado a liberar la tensión. Ahora si pudera tomarse un vino en una taberna del puerto todavía se podría salvar el día.

Había sido necesario, se dijo el procurador para sí, y no creía que una simple bofetada fuera a suponer ningún problema con el obispo. Bien, otra vez desde el principio

—A ver, Alonso, vamos a empezar de nuevo —el escribano asintió entre sollozos—. Tú eres el encargado de tomar nota de los entierros que pasan por la puerta, ¿verdad? —vuelta a asentir—. Y ahora dime, ¿quién te puso ahí?

Hubo un breve momento de silencio, solo interrumpido por el sonar de mocos que realizó el escribano antes de contestar en un susurro.

—Mi padre, señor.

El capitán soltó un suspiro y se giró esperando la orden. Pero para su sorpresa el procurador estaba sonriendo. En su cabeza al fin estaba claro el asunto: era el hijo tonto de algún prohombre puesto ahí para que se ganara el pan. Ahora solo había que tirar del hilo.

—¿Y quién es tu padre, Alonso?

—Era el escribano que tomaba nota de los entierros que pasaban por la puerta antes que yo —y malinterpretando el fruncimiento de ceño de su interrogador añadió corriendo—. Señor.

El escribano miró a su alrededor, inquieto por el silencio que había seguido a su repuesta. El anillo giraba y giraba.

—A él le cedió el sitio su padre. Mi abuelo —apostilló. Pero seguían mirándole sin decir nada, así que, nervioso, decidió ir un poco más lejos en sus explicaciones—. El fue el primero, ¿saben? Hace cincuenta años. El que tuvo la idea de poner la mesa para cobrar a los entierros.

Con cierto alivio comprobó como desaparecía la expresión de enfado de la cara de su captor, sustituida por lo que parecía sorpresa. ¿O era incredulidad?

—¿Me estás diciendo que no trabajas ni para el ayuntamiento, ni para la Iglesia, ni para la madre que  —y aquí siguió una retaíla de juramentos que el escribano recibió sin entender muy bien a qué venía ese súbito paso de hablar de su abuelo a llamar todas esas cosas feas a su madre—...? ¿Que lleváis cincuenta años cobrando por vuestra —nueva colección de insultos— cara a todo entierro que pasa por la puerta?

—Bueno, yo no lo diría así —repuso el escribano, que súbitamente se sentía muy ofendido por la actitud del procurador, que no solo se había metido con su madre sino que se atrevía a dudar de su honradez—. Yo me gano el pan como todo el mundo. ¡Estoy en la puerta antes que nadie y no me voy hasta que la cierran! Y nunca he dejado de apuntar ningún entierro aunque lloviese o hiciera calor. Y la gente...

Pero el procurador no le dejó terminar la frase. Alzándose hizo un gesto hacia el capitán:

—¡Beltrán, llévate a este ladrón de aquí y me lo pones a buen recaudo! ¡Y luego te vas a su casa y me traes todos los papeles que veas! Será hijo de...

Se quedó mirando al escribano hasta que cerraron la puerta tras él. Desde fuera aún pudo escucharlo gritando que él era un trabajador como el que más, y muy honrado, hasta que sus gritos cesaron bruscamente, supuso que por obra y gracia de la palma de la mano de Beltrán. Se dejo caer de nuevo en la silla. Por la ventana veía como se iban apagándose las luces del día. Vaya día perdido, y vaya... Un pinchazo en la mano interrumpió sus pensamientos. Tenía el dedo del anillo en carne viva.




Podríamos decir que este fue el final de una empresa familiar que no pudo llegar a buen puerto por las trabas burocráticas, o que se trató de uno de los primeros ejemplos de externalizar un servicio antes incluso de que el servicio existiera. Lo único cierto es que a la historia aún le quedaba una coda.

Tras tres o cuatro meses en prisión, este emprendedor sevillano puso tierra de por medio, sin duda con el objetivo de exportar su startup a otra ciudad que supiera apreciarla. Pero antes quiso dejar una muestra de su indignación a modo de despedida. Aprovechando un descuido, colgó sobre una de las puertas de la ciudad una pancarta que decía: "Caminante: llegas a la ciudad de la desorganización y el mal gobierno".

Podría aventurarse que la pancarta no duraría mucho tiempo, pero no fue así. Porque cómo iban los guardias a quitar algo de la muralla cuando su función era la de guardar la puerta. A lo mejor hasta podían ofender al verdadero responsable por excederse en sus funciones. Pero ¿quién era el responsable? Porque si las murallas se consideraban parte de la cuidad, entonces debía ser retirada por ayuntamiento. Pero al mismo tiempo las murallas no dejaban de ser una construcción defensiva, por lo que cabía la posibilidad de que se tratase de un asunto militar. O del Alguacil Mayor, que al fin y al cabo era quien guardaba las llaves de las puertas. Aunque en realidad quienes abrían y cerraban las puertas eran los alguaciles del Común. Y eso sin tener en cuenta que el cartel podía considerarse un delito de desacato, en cuyo caso entraba dentro de la jurisdicción del Justicia Real.

Total, que entre unas cosas y otras el mensaje estuvo saludando a todos los que llegaba a la ciudad durante una semana mientras se resolvía el conflicto de competencias. Y todavía habría que agradecer que no acabase convirtiéndose en parte del patrimonio de la ciudad, quien sabe si hasta acabar formando parte de su escudo.

Volviendo la vista atrás uno solo puede agradecer que se tratase de una anécdota de un lejano pasado. Afortunadamente estas cosas ya no pasan hoy en día.

¿Verdad?

Dibujo de la Puerta Osario en el siglo XIX, poco antes de ser demolida, por Bartolomé Tovar.


Puerta Osario hoy en día.

Sunday, October 28, 2012

Kathleen, leyenda irlandesa (con una segunda interpretación)

Una muchacha de Innis-Sark tenía un joven y agradable novio que falleció en un desgraciado accidente, dejándola llena de tristeza.

Un atardecer, mientras lloraba desconsolada a un lado del camino, se acercó a ella una dama completamente vestida de blanco, que le tocó la mejilla diciéndole:

—No llores, Kathleen, tu amado está bien. Mira a través de esta guirnalda de hojas y lo verás. Está en buena compañía, y lleva una corona dorada en la cabeza y un fajín escarlata en la cintura.

Así que Kathleen cogió la guirnalda y miró a través de ella. En efecto, allí estaba su amado en medio de un gran grupo que bailaba sobre una colina. Estaba pálido, pero más bello que nunca, con la corona dorada ciñéndole la cabeza, como si le hubieran hecho príncipe.

—Aquí dijo la dama, tengo una guirnalda mayor. Tómala, y cada vez que quieras ver a tu amado arranca una hoja y quémala. Se levantará una gran humareda y caerás en trance. Mientras estés en él tu amado te llevará a su lado a la colina de las hadas, donde podrás bailar con él toda la noche sobre la hierba. Pero no reces ni te persignes mientras esté brotando el humo o perderás a tu amado para siempre.

Desde ese momento se obró un gran cambio en Kathleen. Dejó de rezar y de asistir a misa, y ya nunca se persignaba. Pero cada noche se encerraba en su cuarto y quemaba una hoja de la guirnalda. Cuando surgía el humo caía en un profundo sopor. En esos momentos, aunque su cuerpo estuviera tendido en la cama, en realidad ella estaba lejos, en la colina de las hadas bailando junto a su amor. Era muy feliz en su nueva vida, y quería saber nada de curas, rezos o misas. En sus viajes ahora también estaban todos sus conocidos que habían muerto, que le daban la bienvenida ofreciéndole vino en pequeñas copas de cristal, pidiéndole que volviese pronto y se quedarse con ellos y su amado para siempre.

La madre de Kathleen era una buena mujer, honrada y piadosa, que se preocupó mucho del cambio de humor de su hija. Sospechando que había sido encantada por las hadas empezó a vigilarla. Una noche en la que Kathleen, como era habitual, se encerró en su cuarto, su madre se acercó sin hacer ruido y espió por una grieta de la puerta. Vio como Kathleen tomaba la guirnalda de su escondite, arrojaba una hoja al fuego y se levantaba una gran humareda, cayendo su hija sobre la cama en un profundo trance.

La mujer no pudo guardar silencio por más tiempo, pues había reconocido la obra del diablo. Cayó de rodillas y rezó en voz alta:

—¡María, madre, aleja los malos espíritus de esta niña!

E irrumpió en la habitación haciendo el signo de la cruz sobre la muchacha dormida, que inmediatamente se incorporó gritando:

—¡Madre! ¡Madre! ¡Los muertos vienen por mí! ¡Están aquí! ¡Están aquí!

Su cuerpo se agitaba con fuertes sacudidas. La pobre madre mandó a buscar al cura, que roció a la joven con agua bendita mientras rezaba por ella. Luego tomó la guirnalda de su lado y la maldijo. Instantáneamente las hierbas se convirtieron en polvo y cayeron al suelo formando un montón de cenizas. En ese instante Kathleen se tranquilizó, y pareció que los espíritus malignos la abandonaban. Pero estaba demasiado débil como para moverse, hablar o rezar. Y esa noche, antes de que el reloj diera las doce, falleció.

FIN

Leyenda de las islas occidentales de irlanda recopilada por Lady Jane Wilde Speranza (1821-1896). Traducción propia. Podéis ver descargar el original en inglés aquí.

Si habéis llegado hasta aquí quizá os estéis preguntando por la segunda interpretación a la que hace referencia el título. Pensad en lo que acabáis de leer: una leyenda de hadas y encantamientos, ¿verdad?

Eso pensé yo la primera vez. Pero tras pensar un poco en ella se me ocurrió otra interpretación de la historia: una joven en plena depresión por la pérdida de su novio se dedica a inhalar el humo de unas hierbas que le hacen tener alucinaciones. Llega un momento en que lo más importante para ella es su viaje de todas las noches y empieza a abandonar sus hábitos normales (no ira a misa en aquella época era algo serio, la gota que colmaba el vaso). Su madre se preocupa el día que la sorprende en un mal viaje y quema su reserva. Por supuesto, y para que la historia sea lo bastante ejemplarizante, la pobre muchacha acaba muriendo.

Esto no deja de ser una interpretación sin ninguna base, pero no me extrañaría que lo que pasó a la historia como una leyenda de espíritus no tuviera también su lado ejemplificador en un primer momento. Un cuentecito para disuadir a las jóvenes de jugar con ciertas hierbas.

Así que ya sabéis, niños y niñas, no aceptéis guirnaldas de desconocidos.

Sunday, October 14, 2012

Descarga el ebook de "El último truco de Loki"

Cuando el dios de la luz Baldr empieza a tener pesadillas con su muerte la preocupación cae sobre Asgard. Hasta que Frigg, esposa de Odín, encuentra la solución perfecta: hacer jurar a toda la creación que no dañará a su hijo. Problema resuelto. O eso pensaban. No contaban con las tretas del dios del engaño Loki, que ponen en marcha una serie de acontecimientos que acabarían decidiendo su propio destino.

Acompañad a los dioses a través de fiestas, crímenes, viajes al infierno, venganzas y situaciones absurdas que acaban llenando de momentos de humor una de las mayores tragedias de la mitología nórdica.

Haz click sobre el icono correspondiente para descargar El último truco de Loki en formato epub o pdf (tamaño adaptado para lectores electrónicos).

El último truco de Loki es una reescritura con notas de humor de una de las leyendas claves de la mitología nórdica. También es un proyecto que desde el primer momento decidió no comportarse como se esperaba de él. Yo tenía desde hace tiempo una imagen en la cabeza procedente una antigua lectura: una fiesta en la que un grupo de dioses borrachos se divertían lanzando todo tipo de objetos y armas a uno de ellos, que no dejaba de reírse e incitarles a continuar.

Mi idea original era contar la historia de esa fiesta y el papel que había jugado en ella el taimado dios Loki. Pero conforme me fui documentando sobre el mito me di cuenta de que la historia de la fiesta quedaba incompleta sin contar el posterior viaje de Herrod al inframundo. Eso significaba hacer una entrada muy larga o partirla en dos, que fue lo que decidí. Y ahí entró en juego el humor (negro) que impregna muchas leyendas nórdicas. Porque cómo iba a contar el viaje de Herrod sin narrar la ceremonia en la que se encontraba mientras el resto de los dioses y como esta derivaba hacia el absurdo. Eso ya hacía tres entradas.

Bueno, una trilogía, eso siempre está de moda, pensé. Iluso. Porque eso significaría dejar fuera de la mayor parte de la narración precisamente el personaje que le había dado título. Mientras escribía (y leía) iba cayendo sin remedio rendido al encanto del dios embaucador. Y así dejó de ser una historia sobre el mito de Baldr para convertirse realmente en la narración de cómo Loki sellaba su destino en un último desafío a los dioses. Lo que iba ser una entrada, que en realidad eran dos pero se convirtieron en tres, acabaron siendo cuatro.

Y cada una más larga que la anterior: conforme escribía iba cogiéndole más cariño a los dioses nórdicos y sus andanzas, lo que se iba traduciendo en más detalles y más oportunidades donde deslizar alguna situación cómica y, como consecuencia, un mayor tiempo de espera entre entrada y entrada. Así surgió la idea de juntarlas todas en un archivo para facilitar su lectura, que podéis descargar en los iconos que están al principio de esta entrada.

Leedlo, disfrutadlo y, si os ha gustado, compartidlo (y dejadme algún comentario).

Thursday, October 11, 2012

El último truco de Loki IV: El destino de Loki

Fimafeng se permitió un breve momento de descanso, el primero que se tomaba aquella noche, probablemente el primero en toda la semana. El esfuerzo había valido la pena; a su alrededor se desarrollaba la mejor celebración que habían visto nunca los salones de Aegir, dios del mar. Una lástima que no fuera a vivir para verla acabar.

Por supuesto Fimafeng no era en absoluto consciente de la cercanía de su muerte. De haberlo sospechado es posible que hubiera elegido estos últimos momentos para reunirse con sus seres más queridos, quizás recorrer los lugares de su juventud, o más probablemente esconderse debajo de su cama con la luz apagada intentando no hacer ningún ruido. O, tal vez, sabedor de la inmutabilidad de nuestro destino, habría querido esperar a la muerte haciendo justamente lo que le ocupaba en ese momento: rellenar las jarras de los dioses que se divertían a su alrededor mientras se preocupaba de que aquella fuera una fiesta realmente memorable

Eso es algo que nunca sabremos, porque ni él ni ninguno de los invitados eran conscientes de los acontecimientos que, irónicamente, iban precisamente a convertir esa noche en algo imposible de olvidar. Esa ignorancia era la que permitía que Fimafeng fuese de un lado a otro con una sonrisa de suficiencia que, más ironía, tanto estaba contribuyendo a que se acercase su final.

Realmente no le faltaban motivos para estar satisfecho. Era la primera vez que los dioses se reunían tras el funeral de Baldr. Su señor Aegir había pensado que una gran cena podía ser una ayuda para dejar atrás la tristeza por la pérdida del dios de la luz. Parecía estar funcionando, y gran parte del mérito era suyo.

Aegir y sus hijas preparando cerveza,
por C. Hansen (Wikipedia).
Había sido él quien había elegido cuidadosamente tanto la comida como su presentación, por no hablar de los días dedicados a seleccionar las mejores cervezas de la bodega de su señor (lo cual le había proporcionado tangencialmente momentos de gran alegría y grandes dolores de cabeza a la mañana siguiente). Pero de lo que estaba más orgulloso era de su idea de disponer estratégicamente planchas de oro por todo el salón de manera que ocultasen las antorchas al tiempo que reflejaban su luz, bañando la sala en un resplandor dorado. El efecto era ciertamente espectacular, como así le habían hecho saber en un momento u otro de la noche los todos los invitados. Aunque posiblemente sería más exacto decir todos menos uno.

Loki no estaba en absoluto de humor para felicitar a nadie. Mucho menos a esa cucaracha pretenciosa que se paseaba entre los dioses como si fuera uno de ellos. De haber estado ahí Thor haría tiempo que se habría percatado de las señales que advertían de la tormenta y, en nombre de las aventuras que habían corrido juntos, muy probablemente habría sido capaz de desactivarla antes de que fuese demasiado tarde.

Pero Thor se encontraba en esos momentos viajando por Oriente, y el resto de los dioses no eran conscientes del aumento del mal humor de Loki. Simplemente habían dejado de prestarle atención.


Lejos habían quedado sus días de triunfo tras salir indemne del asesinato de Baldr. Días en que había tenido que contenerse para no estallar en carcajadas cada vez que veía a Odín y a todos los demás que se creían tan importantes andar cabizbajos sin ser conscientes de que había sido él el responsable de su desgracia. Aún así no había podio evitar mostrarse más arrogante e hiriente que de costumbre, lo que le había alejado aún más del resto de habitantes de Asgard. Esto estaba teniendo su reflejo más acusado durante la cena en los salones de Aegir, cuando Loki había tenido que sufrir los corteses pero evidentes desplantes del resto de invitados.

Así ocurrió cuando en mitad de una charla con Bragi, dios de la poesía, este aprovechó que Fimafeng pasaba junto a ellos para dejarle de lado con la excusa de felicitar al sirviente por la original decoración. Si Fimafeng hubiera mirado en ese momento a los ojos de Loki probablemente se lo hubiera pensado dos veces antes de hacer la locura que momentos después acabaría costándole la vida (o tal vez no, si nos remitimos al comentario sobre la inevitabilidad del destino que hemos hecho antes).

Este desplante fue la gota que desbordó el mal humor de Loki. Buscando donde desfogar su ira se volvió hacia la pared más cercana y empezó a arrancar las planchas de oro que aquel estúpido sirviente había colocado frente a las teas. El dios del fuego no permitiría que un gusano con ínfulas cubriese las llamas solo para pavonearse en medio de aquella reunión de petrimetres. Las láminas cedían con facilidad desvelando las antorchas que brillaron con más fuerza, respondiendo la ira de su señor. Loki sintió el calor en su rostro. Notó con placer como a su espalda se hacía el silencio. Agarró una nueva plancha consciente de ser el centro de atención. Él les enseñaría que el fuego no puede dejarse de lado. Sonrió antes de dar el tirón, y en ese momento notó como una mano agarraba su brazo.

—Por favor, señor, deténgase —Finafeng había saltado como un resorte al ver como destruían su creación.

Loki giró sobre sí mismo mientras todos los fuegos de la sala doblaban su intensidad. Agarró al infeliz del cuello cortando sus protestas:

—Tú te atreves a darme órdenes, basura infecta. ¡Te atreves a darme órdenes a mí!

El resto de dioses se lanzaron a detenerle, pero cuando llegaron junto a ellos Fimafeng ya no era más que un peso muerto en las manos de Loki. A una orden de Odín varios de los invitados agarraron al dios del fuego y lo sacaron fuera de la sala. Loki no se resistió. Su furia se había calmado y se contentó con lanzar algunos insultos mientras lo arrojaban al exterior. Imbéciles. Que se quedasen con su cena y sus pomposos criados. Lanzando una última maldición se alejó caminando altivo.





La normalidad no tardó en volver al gran salón. Pocos lamentaron la muerte de Fimafeng; al fin y al cabo no era más que un sirviente y Loki no dejaba de ser uno de los suyos.  Más allá del asesinato se le culpaba de haber estropeado la noche cometiendo una gran falta de cortesía  hacia su anfitrión. Se habló de su mal carácter y hubo quien dijo en voz alta lo que muchos pensaban: que al menos el incidente había servido para librarse de él.

Los pocos resquemores que quedaban desaparecieron cuando Aegir los invitó a sentarse y los criados empezaron a traer las grandes bandejas llenas de comida. La llegada de nuevos barriles de la cerveza  levantó gritos de alegría seguidos de varios brindis cada vez más subidos de tono.

Bragi, puesto en pie, improvisó unos versos en los que declaraba el placer de soborear la cerveza que preparaban las hijas de Aegir, sin que quedara totalmente claro si el placer se lo proporcionaba la bebida o las propias hijas. Mientras declamaba movía su jarra a un lado y otro derramando el dorado líquido entre carcajadas generalizadas, de manera que nadie fue consciente de la discusión que se desarrollaba al otro lado de la puerta hasta que esta no se abrió violentamente.

Loki saludó a los aturdidos comensales:

—¿Por qué este silencio? Continuad, por favor —recorrió con sus ojos la mesa de un extremo a otro, sin rehuir ninguna mirada ni mostrar emoción alguna. Luego dijo, sin dirigirse a nadie en concreto, dijo con afectación fingida:

—¿No hay ningún sitio para mí?

La pregunta quedó flotando en el aire en medio de un incómodo silencio.

—Márchate, no eres bienvenido aquí.

El que hablaba era Bragi. Su voz, y el golpe de su jarra contra la mesa, pilló desprevenidos a varios de los invitados que no pudieron evitar dar un respingo. Todos esperaron la reacción de Loki. A pesar de estar solo era uno de los dioses más antiguos y poderosos, y Bragi no pudo evitar notar con cierto temor como sus vecinos de mesa se apartaban ligeramente de él.

Pero Loki, lejos del estallido de furia que todos esperaban, se giró hacia Odín y, sin perder la calma, le increpó:

—Odín, mi hermano de sangre, dime, ¿vas a permitir esto? ¿Dónde quedaron los juramentos de que ninguno bebería si no había un vaso para el otro?

La tensión se desplazó hacia la cabecera de la mesa, donde Odín se sentaba al lado del anfitrión. Su antigua relación era algo de lo que se evitaba hablar, una oscura historia que nadie conocía salvo ellos dos. Miró fijamente a Loki, midiéndolo, intentando averiguar hasta donde sería capaz de llegar. Tras unos instantes eternos, se volvió hacia donde se sentaba uno de sus hijos:

—Vidar, déjale sitio.

El silencio del salón se llenó de exclamaciones de sorpresa y murmullos de disgusto a partes iguales, pero nadie se atrevió a contrariarlo. Loki no dejó pasar la oportunidad y se dirigió pausadamente hacia la mesa con un atisbo de sonrisa. Fingiéndose ajeno al escrutinio al que estaba siendo sometido se sentó junto a Vidar, hizo un gesto pidiendo una jarra de cerveza y se puso tranquilamente a comer.

Poco a poco el resto de los dioses empezaron a imitarle. Loki parecía prestar atención solo al contenido de su plato. El ambiente se distendió y volvieron a surgir carcajadas a un lado y otro de la mesa.

Tan en serio se habían tomado los dioses su intención de ignorar a Loki que fueron pocos los que se percataron cuando se puso en pie.

—Me gustaría proponer un brindis —dijo mientras comprobaba complacido las miradas de inquietud que había provocado su gesto—, por todos los Aesir que hoy honran esta mesa, todos ellos nobles de corazón.

A lo largo de la mesa se oyeron algunos suspiros de alivio. Pero Loki aún no había terminado:

—Todos salvo a Bragi, claro —y alzó su copa mientras dedicaba una amplia sonrisa al dios de la poesía.

Por segunda vez Bragi notó como sus compañeros de mesa se agitaban nerviosos a su lado. Miró a su alrededor buscando alguna muestra de apoyo. Nadie se atrevió a devolverle la mirada, a excepción de un fúnebre Odín, que le hizo un leve gesto para que no aceptase la provocación. Bragi se levantó fingiendo un ánimo conciliador. Loki seguía observándole sin perder la sonrisa.

—Disculpa si antes he sido demasiado brusco —dijo Bragi, nervioso—. No me gustaría echar a perder esta magnífica cena por un malentendido. Deja que te ofrezca un caballo, una espada y un brazalete para reparar mi ofensa —hizo una breve pausa— si es que hubo alguna.

Nadie vio como Bragi se sentaba. La atención estaba de nuevo fija en Loki, en la sonrisa con la que había recibido la oferta y que hizo pensar a algunos que se conformaría con los regalos. Ilusos.

Loki burlándose de Bragi, por W.G. Collingwood (Wikipedia).
—¿Una espada y un caballo? Seguro que estarán en perfecto estado, ya que un cobarde como tú no se habrá atrevido a darles uso.

Todos vieron como Bragi acusaba el golpe, se ruborizaba y apretaba los puños contra la mesa.

—Tienes suerte de que las leyes de la hospitalidad me impidan tratarte como mereces —acertó a decir en un murmullo.

—Sí, son muy oportunas —respondió Loki—, si no te verías obligado a defenderte en lugar de hacerte pasar por un adorno de la mesa.

Bragi abrió y cerró la boca, mirando a su alrededor. Hizo ademán de levantarse cuando una voz le interrumpió:

—¡Basta! —era Iduna, esposa de Bragi, la que había hablado dirigiéndose a su marido—. Te lo suplico en nombre de nuestros hijos, no sigas su juego.

—La dulce Iduna sale en defensa de su marido —la diosa al sentir la mirada de Loki—. Muy noble por su parte, sabiendo que luego no pierde oportunidad de reemplazarlo en el lecho. Incluso con el asesino de su hermano.

—No tengo nada en tu contra Loki —respondió la diosa con un susurro—. Solo te pido que dejes en paz a mi marido.

—¡Eso, déjalos en paz! —intervino una nueva voz en apoyo de la pareja.

—Ah, Gefjun —dijo Loki mirando a la diosa que había hablado—, ¿ahora te has erigido como defensora de los matrimonios? Pensaba que estabas demasiado ocupada seduciendo jovencitos —Gefjun miró a los lados, incómoda—. Dime, qué edad tenía, ¿se afeitaba ya? ¿Es cierto que...

—Ya basta Loki.

A pesar de no haber elevado la voz la orden de Odín llenó la sala ahogando las últimas palabras de Loki. El dios del fuego se volvió hacia él. Los invitados contuvieron el aliento, sintiendo la energía que fluía entre los dos. Loki ya había llegado muy lejos esa noche, pero nadie podía esperar que siguiera adelante desafiando al primero entre los dioses delante de todos.

Pero Loki había pasado el punto de no retorno. Mientras los demás disfrutaban de la comida y bebida él había estado paseando solo, pasando revista a toda las ofensas de las que se sentía víctima, alimentando su rabia. Como el fuego sobre al que representaba, su furia había crecido demasiado para poder ser controlada. Sin apartar la mirada de los amenazadores ojos de Odín respondió:

—¿Crees que puedes gobernarnos como haces con los necios humanos en sus guerras? ¿Dando la victoria a los más cobardes o incapaces solo por satisfacer tus caprichos?

Todas las miradas se centraron en Odín, mientras el aire de la sala se llenaba de tensión. Premiar con la victoria a los más audaces en la batalla era una de las cosas de las que más orgulloso estaba el dios.

—Al menos yo me escondí durante ocho años bajo la tierra convertido en mujer ordeñando vacas —respondió Odín masticando cada palabra.

Loki sonrió, ajeno a la provocación.

—Es curioso que eso lo diga quien no dudó en disfrazarse de mujer para aprender hechicería de las brujas. Dime, ¿es cierto que tuviste mucho éxito entre los hombres?

Odín comenzó a levantarse. Sus ojos echaban chispas. Podía sentirse en el aire la energía que fluía entre ambos dioses. Las vigas de la sala crujieron. Uno de los criados de Aegir sufrió un desvanecimiento. El resto de los dioses observaban sobrecogidos.

Solo Frigg logró juntar la fuerza para detener a su marido y dirigirse a Loki:

—Deja de remover el pasado, pues hay cosas que no deben volver a ser dichas. Vete ahora y olvidemos lo que ha sucedido antes de que se haga más daño.

Pero Loki no había llegado hasta ahí para echarse atrás. Ya nunca podría volver atrás. Ahora les haría pagar sus miradas condescendientes, los susurros a sus espaldas.

 —¿Cosas? ¿Qué cosas? ¿Como aquel viaje de Odín en el que aprovechaste para abrir tu puerta y tus piernas a tus dos hermanos?

Hubo un leve murmullo en la sala mientras que un sorprendido Odín se volvía hacia su esposa, que había palidecido súbitamente. Sin la voluntad de Odín haciendo de contrapeso la presencia de Loki creció hasta ocupar todo el salón.

—¡Maldito seas, padre del lobo! —acertó a susurrar Frigg— Si estuviera aquí mi hijo Baldr no saldrías vivo de esta sala.

Loki rió. Carcajada tras carcajada que helaron la sangre de los presentes. Las antorchas de la sala parecieron avivarse con la risa, volviendo el aire casi irrespirable. El mismo Loki parecía arder haciendo ondular el aire a su alrededor.

—Dime, Frigg, ¿nunca te has preguntado como el inútil de Hödur fue capaz en medio de su ceguera de acertar con su lanza donde los demás habían fallado? ¿Nunca sospechaste cómo podía haber acabado en sus manos un dardo hecho de lo único capaz de matar a su hermano?

Frigg tembló, haciendo esfuerzos por no desplomarse.

—Tú, maldito...

—Sí, ¿quién si no? —Loki volvió a reír—. ¿Quién más en medio de este patético grupo de patanes sería capaz de tramar algo así?

Frigg se volvió hacia su marido, que seguía contemplándola sin decir palabra. Los dos parecían haber envejecido tremendamente en un instante. Algunos dioses salieron en su defensa, pero cada vez que uno se atrevía a encararse con Loki, este hacía bufa de él revelando algún episodio oscuro de su pasado, delatando sus miserias y alimentándose de su vergüenza. Uno tras otro retrocedían ante la voluntad desatada del dios del fuego. Y con cada nuevo dios que humillaba su presencia crecía aún más, asfixiándolos, llenando la sala, reinando por encima de todos, embriagado, en la cumbre de su triunfo.

En ese momento un súbito ondular sacudió el aire, agitando la llama de las antorchas. Loki se giró. Por la puerta recién abierta se colaba el frescor de la noche, aliviando el claustrofóbico ambiente. Parado en el dintel Thor observaba con el semblante tenso, sujetando en su mano su martillo, el temible Mojlnir.

—¡Calla, demonio, si no quieres que te abra la cabeza!

No, no puede ser, ahora no. ¿No se suponía que estabas lejos en Oriente? No podía permitir que le arrebataran su victoria. Le atacó con las mismas armas con las que había vencido a los demás.

—Bravas palabras, amigo mío, lástima que fueras tan valiente cuando te escondiste dentro del guante del gigante Skrymir y...

Pero Thor avanzaba hacia él con paso decidido, insensible al hechizo que se cernía sobre la sala. En su mano Mojlnir se balanceaba amenazadoramente. Loki se preguntó cuánto tiempo había pasado escuchando antes de hacer su gran entrada. Aún estaba vivo, así que no debía haberle oído confesar el asesinato de Baldr. Notó como a su espalda algunos de los dioses empezaban a balbucear acusaciones. Solo quedaba huir mientras tuviera oportunidad. Al menos que fuera con dignidad.

—Aquí ya he dicho todo lo que debía. Me marcho —dijo dirigiéndose a Thor— solo por respeto a ti, el único de aquí que lo merece.

Y, antes de que ninguno de los presentes fuera capaz de reaccionar, cruzó la puerta y desapareció en la noche.

Loki huye ante Thor, por C. Hansen. (Wikipedia).




Había llegado la hora de esconderse. Loki se consideraba a sí mismo el más inteligente de los dioses, y sabía que sus bromas muchas veces no eran bienvenidas, así que hacía tiempo que había preparado un pequeño escondite por si tenía que desaparecer un tiempo. Aunque nunca había pensado que fuera a necesitarlo como residencia permanente.

Se trataba de una cabaña en las montañas, una habitación lo bastante grande como para vivir en ella cómodamente, pero lo suficientemente pequeña como para que no fuera fácil verla si no se la estaba buscando. En cada una de las pareces había una puerta que mantenía siempre abiertas de modo que pudiera dominar todo el panorama a su alrededor.

Si alguien se acercaba tendría tiempo suficiente para ejecutar su plan de escape: huir hasta el cercano río Franang y esconderse entre sus cascadas transformado en salmón. Aunque fueran capaces de seguirle hasta allí, Loki estaba seguro de que no podrían atraparlo mientras se mantuviera dentro del agua.

En realidad estaba casi seguro.

Un día tras otro de reclusión hacen fácil que cualquier pequeño detalle se convierta en un pensamiento recurrente y acabe transformado en una obsesión. En el caso de Loki era un objeto que había visto en casa de Aegir, la red con la que su esposa Ran atrapaba a los ahogados. ¿Podría utilizarse también para atrapar peces? ¿Sería posible esquivarla convertido en salmón? Incapaz de seguir viviendo con la incertidumbre y buscando alguna forma de mantenerse ocupado, Loki decidió fabricando él mismo una red. La llevaría al río, la probaría y aprendería a esquivarla.

Estaba tan absorto en su creación que distrajo un momento su vigilancia. En el peor momento. Cuando alzó la vista vio en la distancia la partida de caza. Al frente iban Thor y Odín. A pesar de su sitación Loki no pudo evitar esbozar una sonrisa: al menos no podría decir que no le tomaban en serio.






—¿Habéis encontrado algo?

—¡No! —se oyó responder a Thor desde el exterior.

Odín volvió a recorrer la habitación sin poder disimular su rabia.

—El demonio se ha escapado —dijo sin dirigirse a nadie en particular.

—No puede estar lejos, el fuego aún está vivo.

Odín se volvió hacia Kvasir que miraba pensativo el hogar.

—Podría estar en cualquier parte —dijo agitando las manos—. Ahora mismo podría estar ahí fuera disfrazado, riéndose en nuestras mismas narices.

Se sentó en la silla que solía ocupar Loki en el centro de la habitación. A su alrededor las cuatro puertas apuntaban cuatro direcciones de huida distintas. El enfado le hizo volver a ponerse en pie.

—Vamos fuera con los demás—dijo—, aquí ya no hay nada que hacer. Maldito demonio, cuando le ponga las manos encima...

Kvasir le interrumpió con un gesto. Si hubiera sido cualquier otro Odín hubiera aprovechado ese gesto tan poco respetuoso para volcar sobre él toda su frustración. Pero había aprendido a respetar los momentos de razonamiento de Kvasir, así que hizo un esfuerzo por contenerse.

Kvasir seguía con la vista fija en el fuego, removiendo la lumbre con un pedazo de madera, como si pretendiera encontrar a Loki entre las brasas. Casi todos los dioses le consideraban el más sabio entre ellos, con la únicas excepciones de Loki y el propio Odín, que aún así no dudaban en reconocerle el segundo lugar por detrás de ellos mismos.

 —Ahí fuera no hay nada —dijo Thor apareciendo a través de una de las puertas—. ¿Qué quieres que hagamos ahora?

Odín lo hizo callar con el mismo gesto que había empleado Kvasir, señalando a continuación hacia el hogar. Thor miró a Kvasir, luego a Odín y quedó en silencio, sin saber muy bien qué se esperaba de él. Al poco empezó a pasar su peso de un pie a otro, incómodo. Volvió a mirar a Odín que repitió el gesto de silencio. Encogiéndose de hombros se puso a contemplar él también el fuego, mandando al siguiente dios que se asomó desde fuera, extrañado ante la falta de sonido desde el interior.

Cuando Kvasir desvió los ojos del hogar a su alrededor había un círculo de dioses silenciosos que se rascaban la cabeza, bostezaban o miraban a los demás intentando adivinar a qué estaban jugando.

—Ya sé dónde está —dijo con una sonrisa en su rostro.




Ajeno a lo que ocurría en el que había sido su escondite, Loki nadaba nerviosamente a lo largo del río Franang. Llevaba casi dos horas en el agua y no había señales de sus perseguidores. ¿Habría logrado engañarlos? Se impulsó fuera del agua, un salmón más en medio de la corriente, buscando más allá de las orillas. Nada. Empezaba a considerar la idea de volver a su forma habitual cuando en un nuevo salto los vió. En ese momento lo desagradable que podía llegar a ser sentir sudores fríos en medio de una corriente helada. Había visto lo que portaban los dioses: entre varios llevaban, reconstruida, su red.

Los cazadores se convirtieron en pescadores, repartiéndose a lo largo de la ribera. Allá donde veían cualquier signo de vida lanzaban sus lanzas, y si lograba escapar llamaban a los que habían quedado en reserva con la red, cuya forma y objetivo había deducido Kvasir a partir de los restos que aún quedaban en el fuego. Loki intentó ocultarse entre las rocas del fondo del arroyo, pero sus claras aguas acabaron delatándole. Para él fue fácil esquivar los torpes intentos del primero de sus perseguidores, pero este llamó pidiendo ayuda y pronto la red rompió la superficie del agua, buscándolo. Pronto fue evidente que el invento no funcionaba tan bien si el pez contaba con cierta inteligencia. Cada vez que recogían la red Loki se escabullía entre las piedras del fondo y el aparejo acababa deslizándose por encima suya.

Tras varios intentos infructuosos Kvasir perfeccionó el invento añadiéndole unas cuantas piedras en el borde para impedir a Loki deslizarse por debajo. Entonces empezó a hacerlo por encima: cada vez que recogían la red Loki aprovechaba su habilidad como salmón para saltar y pasaba por encima de ella. Y tras cada intento falllido aprovechaba para nadar unos metros hacia la desembocadura. Aunque tenía que deternerse a menudo para esconderse de las lanzas que le arrojaban sus perseguidores, pronto resultó evidente que si no hacían algo pronto acabaría llegando al mar y quedaría fuera de su alcance.

Odín convocó a Thor y Kvasir mientras ordenaba al resto que siguiesen ostigando a Loki. Este no podía descuidarse un solo instante para no quedar ensartado, pero por primera vez desde que vio llegar a sus perseguidores empezó a sentirse optimista. Finalmente la red no había resultado un adversario tan terrible y en sus sentidos de pez empezaba a notar la proximidad del agua salada.

Entonces los vio llegar: agrupados en ambas orillas los dioses sujetaban la red formando una muralla que le separaba del mar y que se acercaba paso a paso. Idiotas. Si eso era lo mejor que se les ocurría entonces eran aún más inútiles de lo que pensaba. Tensando sus músculos de pez aceleró hacia la red y, justo antes de estrellarse contra ella, cambió su trayectoria hacia arriba para franquearla con un limpio salto.

Siendo en ese momento atrapado por Thor, que había estado agazapado expectante al otro lado de la red. Loki se agitó, sacudió y forcejeó, pero fue incapaz de liberarse de las manos del dios. Tan fuerte lo sujetó Thor que desde ese día el cuerpo de todos los salmones tiene un marcado estrechamiento justo antes del nacimiento de la cola.

Finalmente, perdida la esperanza, Loki abandonó su disfraz para enfrentarse a su destino.




Poco, y nada agradable, es lo que queda de esta historia. Los dioses volcaron su rabia sobre Loki con la excusa de vengar el asesinato de Baldr, pero la verdadera razón de su ensañamiento fueron las revelaciones que había vertido durante su breve momento de triunfo en la cena de Aegir. Aunque habían querido minimizar el valor de sus palabras atribuyéndolas a la mala fe del dios, lo cierto es que esa noche Loki había deslizado en sus oídos un veneno que emponzoñó Asgard.

Es imposible saber cuántas de las peleas domésticas, o de las miradas de desconfianza entre antiguos amigos ocurridas los días siguientes se debieron a las bajezas desveladas por Loki. Pero fue a él a quien se le atribuyó la causa de cada insulto, cada gesto de desprecio, cada malentendido. Pronto capturarlo se convirtió en el objetivo más importante, con la secreta esperanza de que su castigo sirviera para exhorcizar los demonios que había creado.

La partida de caza llevó a Loki a una profunda gruta, donde esperaban el resto de dioses que querían ser testigos de su sufrimiento. Allí tenían retenidos a los dos hijos que Loki había tenido con su esposa Sigyn. Ante la mirada de su padre los dioses convirtieron a uno de ellos en lobo y lo lanzaron sobre su indefenso hermano. Luego se inclinaron sobre el cadáver desgarrado y tomaron sus intestinos, que usaron para amarrar a Loki sobre unas rocas puntiagudas, convirtiéndolos después en cadenas de hierro.

A continuación se separó del grupo la diosa del invierno, Skadi, que traía con ella una serpiente como las que se usan en el Helheim para martirizar las almas de los traidores y asesinos. Tras maldecir a Loki la colocó sobre él, asegurándose de que el veneno que rebosaba de su boca callese sobre la cabeza del dios. Tras ello volvió con los demás a contemplar como se agitaba y bramaba de dolor al recibir las primeras gotas.

A medida que consideraban satisfecha su ansia de venganza los dioses fueron abandonando la gruta, dejando a sus espaldas los gritos del dios del fuego. Cuando se marchó el último hacía tiempo que Loki ya no era consciente de nada más que del dolor que causaba el ácido al caer sobre su rostro.

Y, de repente, el castigo cesó.

Loki y Sigyn, por Marten Eskil Winge (Wikipedia)
Lentamente Loki abrió los ojos, temiendo que no fuera sino una pausa antes de comenzar una nueva tortura. Alzado junto a él, el rostro contraído por el llanto, estaba Sigyn. Había esperado escondida entre las sombras, contemplando el asesinato de su hijo y la tortura de su esposo, hasta que la cueva quedó vacía. Incapaz de liberarlo había decidido quedarse junto a él por el resto de sus días, dedicada a aliviar su dolor. En sus manos sostenía un cuenco con el que recogía las gotas de veneno. En medio de su dolor Loki le sonrió.

Allí siguen, solos, bajo tierra, mientras en la superficie pasan las estaciones. Cada cierto tiempo el veneno rebosa el cuenco que sujeta Sigyn y debe apartarlo para vaciarlo, sin poder evitar que algunas gotas caiga sobre la cabeza de su esposo. El dolor entonces es tan grande que Loki se agita forzando sus cadenas, sacudiéndose con tal fuerza que la tierra entera tiembla, causando terremotos.

Y con cada día que pasa Loki va destilando su resentimiento, esperando. Pues está escrito que un día logrará romper sus cadenas y se alzará para guiar contra los dioses un ejército reclutado entre los gigantes y los héroes condenados al Helheim. Así dará inicio al Ragnarök, la confrontación final que dará fin al mundo tal y como hoy lo conocemos.

Pero eso es una leyenda distinta que se contará en su momento.